Una mansa brisa acaricia las hojas de los árboles. Detrás de un tumulto de ruidos parece ir haciéndose lugar el más profundo de los silencios. El cielo oscuro, testigo omnipresente, no es capaz de contar ni una fracción de los significados que se le han adjudicado. Las nubes huyen y se sirven de él como un magnífico escenario. Diáfanas ellas, dejan entrever las luces celestes, trepidantes, de las estrellas. "No son planetas," me dijiste, con esa dulce voz que cada tanto atino gustosamente a recordar. ¿Por qué será que te apareces una y otra vez en mi mente? ¿Será porque al admirar la belleza de las estrellas siento el mismo estupor que al ver de cerca tus ojos? ¿Será que lo poco que pudiste darme alcanzó para embriagar mis pensamientos y tenerme así, mendigo de tus besos y de tu voz? Engolosinado, tercamente me niego a creer que no pasaré las próximas noches sin ti. Desearía que ya estés acá.