CAPÍTULO III LOS PRECURSORES DE LA IDEA DE LA SINCRONICIDAD El principio de causalidad afirma que el nexo entre causa y efecto tiene un carácter necesario. El principio de sincronicidad afirma que los miembros de una coincidencia significativa están vinculados por la simultaneidad y el significado. Si suponemos, por lo tanto, que los experimentos de ESP y multitud de otras observaciones son hechos auténticos, se impone la conclusión de que hay en la naturaleza, al lado del nexo entre causa y efecto, otro factor que se expresa en el ordenamiento de acontecimientos y se nos manifiesta como su significado. Tal significado o sentido es, desde luego, una interpretación antropomórfica, pero constituye el criterio indispensable del fenómeno de la sincronicidad. Qué es en sí mismo ese factor que se nos aparece como significado, es algo que se sustrae a nuestra capacidad de intelección. Como hipótesis empero, no es tan imposible como podría creerse a primera vista. Pues hay que tener en cuenta que nuestra actitud racionalista occidental no es la única posible ni lo abarca todo, antes bien, que representa en ciertos respectos un prejuicio y un modo de ver unilateral que acaso debería corregirse. El pueblo chino, de cultura mucho más antigua, siempre ha pensado de modo diferente en ese respecto, y nosotros tenemos que remontarnos hasta Heráclito para encontrar algo semejante en nuestra cultura, por lo menos en lo que a la filosofía se refiere. Solamente en la astrología, la alquimia y los procedimientos mánticos no hay diferencias de principio entre nuestra actitud y la de los chinos. A ello obedece el que la alquimia se desarrollase, por vías paralelas, en occidente como en oriente, y en ambos dominios tendiera a un mismo fin con ideas más o menos iguales 1. Unos de los más antiguos e importantes conceptos de la filosofía china es el de Tao, que los jesuitas tradujeron como "Dios". Pero eso es correcto solamente para el modo de pensar occidental. Otras traducciones, como "providencia", o algo similar, no son más que tentativas de salir del paso. R. Wilhelm, con visión genial, ha interpretado Tao como significado (o sentido) 2. El concepto de Tao domina todo el pensamiento filosófico de China. Igual posición predominante ocupa entre nosotros la causalidad, pero la alcanzó sólo en el transcurso de las últimas dos centurias, gracias a la influencia niveladora del método estadístico, por una parte, y al éxito sin precedentes de las ciencias naturales, por la otra, que motivaron el descrédito de la concepción metafísica del mundo. En el célebre Tao Te King, Lao-Tsé nos da de Tao la siguiente descripción: "Hay algo informe aunque perfecto, que existe antes que el cielo y la tierra. ¡Silencioso! ¡Vacío! Que de nada depende y es sin cambios, Recorre un círculo, sin obstáculos. Se lo podría llamar la madre del mundo. Yo no sé su nombre. Yo lo llamo Tao (Wilhelm: "Significado", "sentido). Obligado a darle un nombre, lo llamo lo Grande" (Cap. 25). El Tao "abarca a todos los seres, mas no pretende ser su amo". Lao-Tsé lo designa como nada3, con lo cual, al decir de "Wilhelm, sólo expresa su "contraste con el mundo de las realidades". Lao-Tsé describe su naturaleza del siguiente modo: "Treinta rayos rodean un cubo de rueda pero es en la nada de que consiste el agujero del cubo donde está el efecto [textual: utilidad] de la rueda. Moldeamos arcilla para hacer ollas. Pero su utilidad está en la nada de que consiste el hueco Para hacer una casa perforamos en los muros puertas y ventanas, Pero es en la nada que hay entre los muros donde está la utilidad Por eso, el algo produce realidad, La nada produce utilidad." (Cap. 11.) La "nada" es evidentemente "significado" o "finalidad"', y sólo es llamada "nada" porque no se manifiesta de por sí en el mundo de los sentidos, del cual es solamente su organizador 4. Así dice Lao-Tsé: "Se lo mira y no se lo ve Su nombre es: lo fugaz. Se lo escucha y no se lo oye, Su nombre es: lo tenue Se lo ase y no se lo siente Su nombre es: lo incorpóreo. Se lo llama la forma informe La imagen sin cosa, Se lo llama lo nebulosa-confuso. Saliendo a su encuentro no se ve su faz. Siguiéndole no se ve su espalda." (Cap. 14.) "Wilhelm lo describe como "una concepción situada en el límite del mundo de los fenómenos". En ella los opuestos ''se anulan en la no-distinción", pero siguen existiendo potencialmente. "Ahora bien, esos gérmenes —continúa el autor—, insinúan algo que en primer lugar corresponde a lo visible, algo a manera de imagen; en segundo lugar, algo que corresponde a lo audible, algo a manera de palabra; en tercer lugar, algo que corresponde de algún modo a la extensión en el espacio, algo a manera de forma. Pero esa triplicidad no está claramente diferenciada ni definida, es una unidad no-espacial (no hay arriba ni abajo) y no-temporal (no hay adelante ni atrás). "Dice el Tao Te King: "Tao causa las cosas. Es oscuro y confuso. Oscuras, confusas, Están en él, las formas. Oscuras, confusas Están en él las cosas..." (Cap. 21.) La realidad, según Wilhelm, es conceptualmente cognoscible porque, de acuerdo con la concepción china, hay en todas las cosas una "racionalidad" latente 5. Es ésta la idea fundamental de la coincidencia significativa, ella es posible porque ambas partes tienen un mismo significado. Donde prevalece el significado, allí resulta el orden. Ch'uang-Tsé (un coetáneo de Platón) dice acerca de las premisas psicológicas de Tao: "El estado en que el yo y el no-yo no se oponen ya, es llamado centro de rotación de Tao" 6. Algunas de sus observaciones suenan como una crítica de nuestra concepción científica del mundo: "El significado (Tao) se oscurece cuando fijamos nuestra vista sólo en pequeños fragmentos de la existencia"7, o: "Las limitaciones no se fundan primigeniamente en el significado de la existencia. Originalmente las palabras no tenían significados fijos. Las diferencias sólo surgieron al ser las cosas consideradas subjetivamente8. Los maestros de la antigüedad, dice Ch'uang-Tsé en otro lugar, tomaban como "punto de partida un estado en el que la existencia de las cosas no había comenzado aún. Es ése el límite extremo, que no se puede traspasar. La siguiente suposición fue que, si bien existían cosas, no habían todavía comenzado a separarse. La siguiente, que aunque hubiese separaciones en cierto sentido, no habían comenzado aún la afirmación y la negación. Al llegar a ser la afirmación y la negación, el significado (Tao) palideció, y al palidecer éste fue surgiendo la proclividad unilateral" 9. "El escuchar externo no debe penetrar más allá del oído; el intelecto no debe pretender una existencia aparte, pues de esa manera el alma se queda vacía e incapacitada de concebir el mundo. Es el significado (Tao) el que llena este vacío." "Quien tiene penetración, dice Ch'uang-Tsé, usa su ojo interno, su oído interno para penetrar las cosas y no tiene necesidad de un conocimiento intelectual" 10. Eso es notoriamente una alusión al saber absoluto de lo inconsciente y a la presencia de acontecimientos macrocósmicos en el microcosmos. Esa concepción taoísta es típica del pensamiento chino en general, el cual es, en lo posible, un pensamiento en función de la totalidad, como lo destaca también Granet, el eminente conocedor de la psicología china 11. Cabe asimismo observar tal peculiaridad en una conversación ordinaria con los chinos: una pregunta que nos parece simple y precisa y que se refiere a un detalle determinado, induce al pensador chino a una contestación inesperadamente elaborada, tal como si se le hubiese pedido una yerba y él nos trajese en respuesta todo un prado. Para nosotros los detalles poseen valor en sí mismos; para la mente oriental siempre completan una visión total, de conjunto. Al igual que en la psicología primitiva o en nuestra psicología medieval precientífica (en parte todavía existente), esa totalidad incluye cosas que parecen vincularse con otras sólo "por azar", por una coincidencia cuyo significado semeja arbitrario. Aquí es donde corresponde la doctrina de la "correspondentia" 12, formulada por los filósofos medievales de la naturaleza, en especial la concepción antigua de la simpatía de todas las cosas. Ya Hipócrates decía: "Hay un solo flujo común, un respirar común, todas las cosas están en simpatía. El organismo todo y cada una de sus partes operan juntos con la misma finalidad. El gran principio se extiende hasta la parte más extrema, y desde la parte más extrema, vuelve al gran principio, a la naturaleza una, ser y no ser" 13. El principio universal se encuentra incluso en la más pequeña partícula, que por eso se corresponde con el todo. Una interesante idea en relación con el tema la encontramos en Filón (25 a. J.C. - 42 d. J.C.): "Al querer Dios unir en íntima y amorosa asociación el comienzo y el fin de las cosas creadas, hizo del cielo el comienzo y del hombre el fin; el primero, el más perfecto de los objetos del sentido imperecedero; el segundo, la más noble de las cosas terrenas y perecederas, en verdad, un pequeño cielo. El lleva dentro de sí mismo, como imágenes sagradas, retratos de las muchas naturalezas semejantes a los astros. . . Pero como lo corruptible y lo incorruptible son opuestos por naturaleza, Dios asignó a los dos, el comienzo y el fin, la figura más hermosa: al comienzo, como he dicho, la del cielo, al fin, la del hombre" 14. Aquí el gran principio " a)rxh\ mega/lh " o comienzo, el cielo, es decir el firmamento, está infundido en el hombre, el microcosmos, que refleja las naturalezas de índole sideral, y así, como parte más pequeña y fin de la creación, contiene el todo. Según Teofrasto (371-288 a. J.C.) lo ultrasensible y lo sensible están unidos por un vínculo de comunidad. Tal vínculo, no pudiendo consistir en la matemática, presumiblemente debe ser la divinidad 15. De la misma manera, según Plotino, las almas individuales que se originan en el "alma del mundo", se hallan en mutuas relaciones de simpatía o antipatía, sin tomar en cuenta la distancia 16. Opiniones semejantes las volvemos a encontrar en Pico della Mirandola: "En primer término está en las cosas esa unidad por la cual cada cosa es una en sí misma, consiste de sí misma, y es coherente consigo misma. Luego viene aquella unidad por la cual una criatura se une con las otras, y todas las partes del mundo constituyen un solo mundo. La tercera y más importante unidad es aquella por la cual el universo todo es uno con su Creador, como un ejército con su conductor". (Heptaplus, lib. VI, prooem, en Opera Omnia, Basilea, 1557, pág. 40 y sigtes 17.) Al hablar de la triple unidad, Pico se refiere a una unidad simple que, como la Trinidad, tiene tres aspectos: "una unidad que se caracteriza por su carácter de triplicidad, aunque de una manera tal que no se aleja de la simplicidad de la unidad". El mundo es para él un ser, un Dios visible, en el cual todas las cosas están desde el comienzo naturalmente ordenadas como las partes de un organismo vivo. El mundo aparece como el corpus mysticum de Dios, tal como la Iglesia es el corpus mysticum de Cristo, o como un ejército bien disciplinado puede llamarse una espada en manos del general. El ordenamiento de todas las cosas según la voluntad de Dios, es una concepción que concede muy escaso lugar a la causalidad. Así como en el cuerpo viviente las diversas partes obran en armonía y se adaptan significativamente las unas con las otras, así también los acontecimientos del mundo están en reciprocas relaciones significativas que no pueden ser derivadas de una causalidad inmanente. La razón de ello es que en un caso como en el otro la conducta de las partes depende de un control central al que están subordinadas. En su tratado De hominis dignitate, Pico dice: "Al nacer el hombre, el Padre implantó en él simientes de toda clase y los gérmenes de la vida original" 18. Así como Dios representa en cierto modo la "cópula" del mundo, así también lo es el hombre dentro de la creación. "Hagamos al hombre a nuestra imagen, que no es un cuarto mundo o algo como una nueva naturaleza, sino más bien la síntesis de tres mundos (el supercelestial, el celestial y sublunar) "19. En cuerpo y alma, el hombre es "el pequeño dios del mundo", el microcosmos. Al igual que Dios, el hombre es un centro del acontecer, y todas las cosas también están ordenadas con respecto a él 20. Este pensamiento, tan extraño para la mente moderna, prevaleció en la concepción del mundo hasta nuestros tiempos, a saber, hasta que las ciencias naturales demostraron la subordinación del hombre a la naturaleza y su extrema dependencia de las causas. La idea de una coordinación y orientación de los acontecimientos con miras al significado (ahora asignada exclusivamente al hombre) fue desterrada a una región tan remota y oscura, que la razón perdió toda pista de ella. Schopenhauer se acordó algo de ella al final, después de haber constituido uno de los fundamentos de la explicación leizbniziana del mundo. En virtud de su naturaleza microcósmica el hombre es un hijo del cielo o del macrocosmos. "Soy un astro que con vosotros recorre su trayectoria", confiesa el iniciado en la liturgia de Mitra 21. En la alquimia el microcosmos es equivalente al llamadorotundum, un símbolo favorito, desde los tiempos de Zósimo de Panópolis (siglo III), y que era designado también como la Mónada. La idea de que el hombre interior y e) hombre exterior forman en conjunto el todo, la ou)lomeli/h hipocrática, un microcosmos o parte ínfima en la cual el "gran principio" se halla presente indivi s o, caracteriza t ambién el pensamiento de Agripa de Nettesheim. Dice así : "Los platónicos afirman unánimemente que así como en el mundo arquetí pico todas las cosas están en todo, así también en este mundo corpóreo todas l as cosas están en todo, aunque de diversas maneras, de acuerdo con la naturaleza receptiva de cada una. Los el ementos no están sólo en estos cuerpos inferiores, sino también en los cielos, los astros, los demon ios, los ángel es, y por último en Dios, el hacedor, y arquet i po de todas las cosas" 2 2. Los antiguos habí an dicho: "Todas las cosas están llenas de dioses". Estos dioses eran "potencias divinas difusas en las cosas". Zoroastro los había llamado tentaciones divinos, y Sinesio señuelos simbólicos 2 3. Esa última interpretación se aproxima ya bastante a la idea de proyecciones arquetípicas de la psicología moderna, a pesar de que desde los tiempos de Sinesio hasta épocas muy modernas no hubo ninguna crí tica epistemológica, y menos aún su forma más reciente, la crí tica psicológica. Agripa compart e con los platónicos la opinión de que "en las cosas del mundo inferior hay un cierto poder (vis), gracias al cual armonizan en gran medida con l as cosas del mundo superior", y que por eso los animales están en conexión con los "cuerpos divinos" (es decir, con los cuerpos celestes) y ejercen una influencia sobre el los 2 4 . A este propó sito cita un verso de Vi rgi l io: "No creo yo que estén ellos dotados de un ingenio más divino y un preconocimiento de las cosas mayor que el del oráculo" 25 . Sugiere de este modo Agripa un "saber" o "imaginar" innat os en l os s e r e s vi vos, idea que vuel v e a a p a r ece r en Ha n s Driesch 26. En efecto, quiérase o no, nos encontramos en tal embarazosa posición tan pronto comenzamos a reflexionar seriamente acerca de los procesos finalistas en biología, o a investigar a fondo la función compensadora de lo inconsciente, y mucho más al querer explicar el fenómeno de la sincronicidad. Las llamadas causas finales presuponen siempre, dígase lo que se diga, una precognición de alguna índole. No es por cierto un conocimientoque podría vincularse con el yo, por lo tanto no un conocimiento consciente como el que nosotros conocemos, sino más bien un conocimiento "inconsciente" que existe o está presente en sí mismo y al que yo denominaría saber absoluto. No se trata de una cognición, sino, como Leibniz lo formula acertadamente, un percibir que consiste o —para expresarlo con mayor prudencia— parece consistir de simulacra carentes de sujeto, es decir, de imágenes. Esas imágenes postuladas presumiblemente son lo mismo que mis arquetipos, que pueden demostrarse como los factoresformales de las formaciones espontáneas de la fantasía. Expresándolo en lenguaje moderno, el microcosmos que contiene "las imágenes de toda la creación", sería lo inconsciente colectivo27. Con las nociones de spiritus mundi, ligamentum animae et corporis y quinta essentia 28 que comparte con los alquimistas, Agripa probablemente significa lo que nosotros llamaríamos lo inconsciente. Ese espíritu que "todo lo penetra", es decir, que configura todas las cosas, es el "alma del mundo": "El alma del mundo es, por lo tanto, una cierta vida única, que llena y se infunde en todas las cosas, uniéndolas y conectándolas en forma de hacer una la estructura del mundo. . . " 29. De ahí que las cosas en que ese espíritu es especialmente poderoso tengan una tendencia a "engendrar cosas semejantes (a ellas mismas)"30, en otras palabras, a producir correspondencias o coincidencias significativas 31. Agripa da una larga lista de esas correspondencias, basada en los números 1 al 12 32. Una tabla similar, pero más aiquímica, de cor respondencia, puede encontrarse en un tratado de Aegidius de Vadis 33. De ésas querría señalar solamente la scala unitatis, por revestir especial interés desde el punto de vista de la historia de los símbolos: "Iod [la letra inicial del tetragrama del nombre divino] - anima mundi - sol - lapis philosophorum - cor - Lucifer" 34. Me limitaré a insinuar que se trata aquí de una tentativa de establecer una jerarquía de arquetipos, y que cabe demostrar que en lo inconsciente existen tendencias en tal sentido 35. Agripa fue un contemporáneo de Teofrasto Paracelso, algo mayor que éste, sobre el cual ejerció considerable influencia 36. No es sorprendente, entonces, que el pensamiento de Paracelso se nos presente impregnado por la idea de la correspondencia. Dice así Paracelso: "El hombre que quiera ser filósofo y en ello no errar, deberá echar los fundamentos de su filosofía haciendo del cielo y la tierra un microcosmos y no apartarse de esto un ápice. Del mismo modo, quien quiera echar los fundamentos de la medicina debe cuidarse de no incurrir en el más mínimo error, y debe hacer del microcosmos la trayectoria del cielo y de la tierra; de manera que el filósofo no encuentre en el cielo y en la tierra nada que no halle también en el hombre, y que el médico no encuentre en el hombre algo que no tengan también el cielo y la tierra. Y esos dos sólo difieren por la forma exterior, y sin embargo la forma de ambos lados se entiende como perteneciendo a una sola cosa, etc." 37. El Paragranum contiene algunas agudas observaciones sobre los médicos: 38 "Por lo cual no hay cuatro arcanos, sino uno, pero dispuesto en cuatro esquinas, como una torre que enfrenta los cuatro vientos; y así como una torre no puede carecer de una esquina, así un médico no puede prescindir de ninguna de esas partes. . . Y al mismo tiempo él sabe cómo el mundo está simbolizado por un huevo envuelto en su cascara, y cómo hay dentro de él un pollito con toda su sustancia. Así todas las cosas del mundo y del hombre deben estar en el médico. Y del mismo modo en que la gallina, empollando, transforma el mundo, prefijado en la cascara, en un pollito, así la alquimia hace madurar los arcanos filosóficos infusos en el médico. Aquí reside el error de los que no comprenden rectamente al médico"39. Lo que significa esto para la alquimia, lo he demostrado detalladamente en mi Psychologie und Alchemie (1944). Johannes Kepler piensa en forma muy similar: Así dice en su Tertius interveniens (1610):40 Este [a saber, un principio geométrico sobre el cual se funda el mundo físico], es también según la doctrina de Aristóteles, el vínculo más fuerte que une al mundo inferior con los cielos y con eso lo unifica, de modo que tedas sus formas están gobernadas desde lo alto. Pues en este mundo inferior, es decir, el globo terráqueo, hay una inherente naturaleza espiritual, capaz de Geometría, que ex instinctu creatoris, sine ratiocinatione, mediante la combinación geométrica y armoniosa de los rayos de luz celestiales, llega a la vida y se estimula a sí misma a usar sus fuerzas. No sé si todas las hierbas y animales poseen en sí mismos esa facultad, al igual que el globo terráqueo. No sería cosa increíble. . . en todas partes está el instinctus divinus rationis particeps, y de ninguna manera la propia inteligencia del hombre. También el hombre, por su alma y las fuerzas inferiores de la misma, tiene con los cielos una afinidad similar a la que tiene el suelo de la tierra, y esto es causa que de muchas maneras puede probarse" 41. Sobre el "carácter" astrológico, es decir, la sincronicidad astrológica, dice Kepler: "Este carácter es recibido, no en el cuerpo, demasiado inapropiado para ello, sino en la propia naturaleza del alma, la que se comporta como un punto, razón por lo cual se la puede también transformar en el punto del confluxus radiorum. Esta [naturaleza del alma], no sólo participa de su razón, por cuya causa los hombres somos llamados racionales a diferencia de otras criaturas vivientes, sino que tiene también otra razón innata [que la capacita] para captar de inmediato, sin largo aprendizaje, la geometría, tanto en los radiis como en las vocibus, esto es, en la música 42. En tercer lugar, asimismo es maravilloso el que la naturaleza que recibe ese carácter induzca también cierta correspondencia in constellationibus coelestibus, entre sus familiares. Cuando la madre se halla encinta y próxima al tiempo natural [de dar a luz], la naturaleza busca para el nacimiento un día y una hora que, en lo que al cielo se refiere (non qualitative, sed astronomice et quantitative), corresponde a la natividad del padre o hermano de la madre. . . 43. En cuanto lugar, tan bien conoce cada naturaleza no sólo su characterem coelestem, sino también las configurationes y trayectorias celestes de cada día, que cuantas veces un planeta llega de praesenti a su characteris ascendentem o loca praecipua, en particular los natalitia, ella responde y se ve por ello afectada y estimulada de diversas maneras" 44. Kepler supone que el secreto de la maravillosa correspondencia radica en la tierra, por hallarse ésta animada por una anima telluris, sobre cuya existencia aduce una serie de pruebas, entre otras el constante calor del subsuelo, el peculiar poder del alma de la tierra para producir metales, minerales y fósiles, es decir, la facultas formatrix, similar a la del vientre materno y capaz de producir en el interior de la tierra formas que por lo demás sólo se presentan en la superficie: de navios, peces, reyes, monjes, soldados, etc.45; además, el ejercicio de la geometría, ya que la tierra produce los cinco cuerpos geométricos y las figuras exagonales de los cristales. La anima telluris posee todo eso, según él, gracias a un impulso primigenio, independiente del raciocinio y las conclusiones finales del hombre46. La sede de la sincronicidad no está, afirma, en los planetas, sino en la tierra 47, pero no en la materia, sino precisamente en el anima telluris. De ahí que toda clase de fuerza natural o viva en los cuerpos tenga cierta "similitud divina" 48. Tal era el fondo intelectual del que surgió Gottfried "Wilhelm Leibniz (1646-1716) con su idea de la armonía preestablecida, o sea, de un sincronismo absoluto entre los acontecimientos psíquicos y físicos. Esa teoría remató finalmente en el concepto de "paralelismo psicofísico". La armonía preestablecida de Leibniz y la idea de Schopenhauer, antes examinada, de la simultaneidad y la relación recíproca entre acontecimientos en sí mismos no vinculados causalmente, no son en el fondo más que una repetición de la vieja concepción peripatética, con una moderna coloración determinista en el caso de Schopenhauer, y una parcial sustitución de la causalidad por un orden anterior, en el caso de Leibniz, para quien es Dios el creador del orden. Leibniz compara el alma y el cuerpo con dos relojes sincronizados49, y aplica la misma metáfora para expresar las relaciones recíprocas de las mónadas o entelequias. Aunque las mónadas no pueden influir las unas sobre las otras (relativa supresión de la causalidad), ya que "no tienen ventanas" 50, están constituidas de tal manera que siempre concuerden sin tener conocimiento la una de la otra. Concibe, pues, cada mónada como un "pequeño mundo" o "un espejo activo e indivisible" 51. El hombre no es solamente un microcosmos que contiene en sí el todo, sino que toda entelequia o mónada es en efecto un microcosmos tal. Cada "substancia simple" tiene relaciones "que expresan todas las otras". De ahí que sea "un eterno espejo viviente del universo" 52. A las mónadas de los cuerpos vivientes Leibniz las llama "almas": "el alma obedece a sus propias leyes, lo mismo que el cuerpo a las suyas, pero ambos concuerdan en virtud de la armonía preestablecida entre todas las substancias, dado que todas ellas son representaciones del mismo universo" 53. Está aquí claramente expresado el pensamiento de que el hombre es un microcosmos. Las almas en general, dice Leibniz, "son los espejos o imágenes vivientes del universo de las cosas creadas". El distingue, por una parte, los espíritus, que son "imágenes de la divinidad" y "capaces de comprender el sistema del universo y de imitar una parte del mismo con pruebas constructivas, puesto que cada espíritu es dentro de su ámbito una pequeña divinidad"54; y por la otra los cuerpos, que actúan "conforme a las leyes de las causas finales mediante apeticiones, fines y medios" 55. En la mónada, o el alma, tienen lugar cambios cuya causa es la "apetición"56. "El estado de cambio, que implica y representa una pluralidad en la unidad o substancia simple, no es sino lo que yo llamo representación", dice Leibniz57. La "representación" es el "estado interior de la mónada, que representa las cosas exteriores", y debe distinguirse de la apercepción consciente. Pues la "representación es inconsciente" 58. Aquí radica, dice Leibniz, el gran error de los cartesianos que "consideraron como nada las representaciones que no se aperciben" 59. La facultad representativa de la mónada corresponde al saber, y su apetición a la voluntad en Dios60. De esas citas se desprende que Leibniz postula, junto a la conexión causal, un completo paralelismo preestablecido de los acontecimientos dentro y fuera de la mónada. El principio de la sincronicidad, de ese modo, se convierte en la regla absoluta en todos los casos en que un suceso interno ocurre simultáneamente con uno externo. Pero hemos de tener presente que los fenómenos sincronísticos susceptibles de verificación empírica, lejos de constituir la regla, son tan excepcionales que la mayoría de la gente duda que existan. Aunque en la realidad ocurren, y es de creer que mucho más a menudo de lo que se piensa, no sabemos todavía si en algún campo empírico se dan con frecuencia y regularidad suficientes como para que se pueda decir que se conforman a alguna ley 61. Sólo sabemos que debe haber un principio básico que posiblemente podría explicar todos los fenómenos de esa índole. Tanto la concepción primitiva como la antigua y la medieval postularon un principio tal junto a la causalidad. Ni siquiera en Leibniz es ese último el único criterio, o el predominante. Sólo más tarde, en el decurso del siglo XVIII, se convirtió en el principio exclusivo de las ciencias naturales. Con el surgimiento de las ciencias naturales en el siglo XIX, la correspondentia desapareció por completo de la superficie. Pareció entonces que el mundo mágico de épocas anteriores hubiese sucumbido definitivamente, hasta que a fines del siglo los fundadores de la Society for Psychical Research, indirectamente volvieron a plantear el problema al iniciar la investigación del llamado fenómeno telepático. La actitud medieval descrita más arriba es el fundamento de todos los procedimientos mágicos y mánticos que en todo tiempo desempeñaron un papel muy importante en la vida del hombre. Una mente medieval habría considerado los procedimientos experimentales de Rhine como una práctica mágica, cuyo efecto, por eso mismo, no le parecería sorprendente. Se lo interpretaba como "transmisión de energía", lo cual, dicho sea de paso, es aún común en nuestros días, pese a que, como he dicho, no hay posibilidad alguna de hacerse una idea empíricamente fundada acerca del medio transmisor. No creo necesario destacar que para el espíritu primitivo la sincronicidad es un hecho de suyo evidente; en consecuencia, en ese estadio no se conoce el azar. Ningún accidente, ninguna enfermedad, ninguna muerte es fortuita o atribuible a causas "naturales". Todo se debe de alguna manera a la influencia mágica. El cocodrilo que atrapa a un hombre mientras se está bañando, ha sido enviado por un brujo; la enfermedad ha sido causada por un determinado espíritu; la serpiente que aparece junto a la tumba de la madre difunta es, por supuesto, el alma de aquélla, etc. Desde luego, en este nivel primitivo la sincronicidad no aparece como un concepto, sino como causalidad "mágica". Esta última es una forma temprana de nuestro concepto clásico de causalidad. La filosofía china, en cambio, a partir de la connotación de lo mágico produjo el "concepto" de Tao y no una ciencia natural basada en la causalidad. La sincronicidad presupone un significado que es a priori con respecto a la conciencia humana, y que parece existir fuera del hombre 62. Tal suposición la encontramos sobre todo en la f ilosofía de Platón, quien da por establecida la existencia de imágenes o modelos trascendentales de las cosas empíricas, las llamadas ei)/dh = Ideas (formas, especies) cuyos reflejos ( ei)/dwla ) vemos en el mundo fenoménico. Esta hipótesis no sólo no representó ninguna dificultad en los siglos pasados, sino que, por así decirlo, era algo autoevidente. La idea de un significado a priori puede encontrarse también en la matemática antigua, como lo muestra la paráfrasis que el matemático Jacobi hace del poema de Schiller "Arquímedes y el joven". Glorifica el cálculo de la trayectoria de Urano, concluyendo con los versos: "Lo que tus ojos vea aquí en el cosmos Sólo un reflejo es de aquellas deidades: Es en la pléyade de los olímpicos Do entronizado el número eterno está." Al gran matemático Gauss se le atribuye la máxima: "Dios hace aritmética" 63. | La idea de la sincronicidad y de un significado existente de por sí, que constituye el fundamento del pensamiento clásico chino y de las ingenuas concepciones medievales, nos suena hoy como un arcaísmo que a toda costa debe evitarse. Aunque el occidente ha hecho todo lo posible por descartar esa anticuada hipótesis, nunca lo logró por entero. Es cierto que algunas prácticas mánticas parecen haberse extinguido; pero la astrología ha pervivido, y en nuestros días ha alcanzado un auge sin precedentes. Tampoco el determinismo de la era de las ciencias naturales legró borrar completamente la fuerza persuasiva del principio de sincronicidad. Pues, en última instancia, se trata menos de una cuestión de superstición, que de una verdad que durante tanto tiempo pasó inadvertida sólo en razón de que se relaciona menos con el lado material de los acontecimientos que con su aspecto psíquico. Fueron la psicología y la parapsicología modernas las que probaron que la causalidad no explica un determinado tipo de acontecimientos, y que en tal caso un factor formal, a saber, la sincronicidad, entra en consideración como principio explicativo. Para los interesados en psicología quisiera mencionar aquí que la peculiar idea de un significado existente de por sí se insinúa en los sueños. Al discutirse cierta vez esa idea en el círculo de mis relaciones, alguien observó que "el cuadrado geométrico no aparece en la naturaleza, excepto en los cristales". Una señora que había estado presente, tuvo a la noche siguiente este sueño: "En el jardín hay un gran pozo de arena donde aparecen diversas capas de sedimentos. Allí descubre ella, incrustadas en una de las capas, delgadas planchas pizarrosas de serpentina verde. En una de ésas ve cuadrados negros concéntricamente dispuestos. El color negro no ha sido pintado encima, sino que se halla como grabado en la piedra, semejante al dibujo de un ágata. Dibujos similares se encuentran en otras dos o tres planchas de las que se apodera un cierto señor A (superficialmente conocido por la soñadora)"64. Otro tema onírico del mismo tipo es el siguiente: "El soñador descubre en un paraje rocoso y salvaje capas sobrepuestas de una roca triásica pizarrosa. Al despegar las planchas descubre con inmensa sorpresa cabezas humanas de tamaño natural esculpidas en bajo relieve sobre las planchas dejadas al descubierto". Este sueño se repitió varias veces, con intervalos prolongados65. En otra ocasión, la soñadora "encuentra, en un viaje a través de la tundra siberiana, cierto animal buscado desde hace largo tiempo. Trátase de un gallo de tamaño superior al natural, hecho de un material semejante al vidrio delgado incoloro. Sin embargo, está vivo, y acaba de surgir por azar de un ser microscópico y monocelular que posee la facultad de producir toda suerte de animales (que no existen en la tundra) y hasta utensilios humanos, de cualquier tamaño. Un instante después, cada una de esas formaciones casuales desaparecen sin dejar rastros". Otro sueño de esta clase es el siguiente: "El soñador está paseando en una región montañosa y boscosa. Se encuentra con una pronunciada pendiente de la que sale una roca porosa, donde halla a un hombrecito marrón, del mismo color que el óxido de hierro que cubre la roca66. El hombrecito está ocupado en excavar una pequeña cueva en cuyo fondo, sobre la roca viva, aparece un haz de pilares. En la punta de cada pilar hay una cabeza humana de color marrón oscuro con grandes ojos y esculpida con sumo esmero en una piedra muy dura, semejante al lignito. El hombrecito despeja esa formación del amorfo conglomerado que la rodea. El soñador apenas da crédito a sus ojos, mas luego debe admitir que esa formación continúa en la roca viva, en la cual, por lo tanto, debe haberse formado sin intervención de la mano del hombre. El soñador reflexiona que tiene por lo menos quinientos mil años, siendo en consecuencia imposible que el artefacto haya sido confeccionado por manos humanas" 67. Esos sueños parecen señalar la presencia de un factor formal en la naturaleza. No sólo describen un lusus naturae, sino la coincidencia significativa de un producto absolutamente natural con una representación humana (independiente de aquél). Tal es lo que estos sueños evidentemente expresan 68, tratando, por medio de la repetición, de hacer llegar su mensaje hasta la conciencia.